LA PLAYA
Se llama Antonio. No hace aún cuatro años que ha dejado de fumar. Haberlo hecho le ha supuesto una enorme satisfacción. Ahora, anda por los treinta y tantos y está solo. Sólo en la vida. Sólo en la playa. La arena comienza a enfriarse y en el firmamento, aunque son perfectamente distinguibles todavía un hilo blanco de otro negro alineados sobre la palma de la mano, pueden adivinarse, de forzarse la vista, los primeros indicios del alumbramiento de las estrellas. Antonio permanece sentado, ocioso. Es amigo del mar. Le gusta verlo enroscarse en si mismo al llegar de otros mundos y -ya deshecho, al fin- ponerse a pacer mansamente en la arena. Su arribada a la costa en bandadas de olas gordas y blancas, sólidas, escarchadas, le parece que recrea una estampida sin pólvora y sin estridencias, la conmemoración de un rito consustancial a la tierra: la fractura de las aguas, deliberada, constante, que augura al hombre la existencia de un dios. Como otras veces, va a ser el último en abandonar la playa esa tarde. Y es que le cuesta separarse de las caricias de la arena, dejar a sus espaldas, hasta no llegarla a oír, la marcha de bríos amortiguados -y húmedos- que hoy interpretan las cuerdas y los vientos del océano en ese final de sinfonía. Un final que también es el suyo. Se va. Siempre hay que irse
Se llama Bruno. Tiene quince años y dentro de una semana, justa, terminarán sus vacaciones y empezará de nuevo el colegio, las clases. Le da perezón el asunto, al chico. Todos los de la pandilla -Patricia, también- han regresado ya a la ciudad. El es el único que aún permanece ahí, en la playa. Una playa que ahora frecuentan los viejos e invaden las toallas viejas y las bolsas con comida de los lugareños, los fines de semana. El arenal le parece un lugar extraño sin sus amigos. Mucho más grande y mucho más absurdo: apartado, soso, incluso desconocido. Patricia no le ha escrito, pese a sus promesas, y no sabe si la postal que él le mandó a ella anteayer -"un atardecer" de esa misma playa que ahora tan pocas cosas buenas le sugiere- habrá llegado a esas horas a su destino. Continua pedaleando deprisa por el paseo, sin demorarse, esquivando ancianos del Baztán y de la Tierra de Campos que se detienen a charlar cuando les tercia junto al carril bici ajenos a cualquier peligro; si bien, de vez en cuando, le resulta imposible eludir girar el rostro hacía su izquierda y echarle un vistazo al mar. Consentir -y saborear- la imagen de Patricia, perfecta en su mente, saltando por encima de las olas, salpicándole el rostro con sus uñas rojas de aprendiz de mujer. Pero de todo eso.... ha pasado ya ¡más de una semana!. El sol se pone y los libros de texto esperan. Termina el mes, lo invade la melancolía. El domingo próximo regresará a Madrid, sabedor de que algo ha cambiado en su vida. Algo importante. Y, aunque maldice la soledad que siente por el hecho de ser el último de todos en permanecer allí, al final abandona la idea de meterse en el cine y desciende a la playa. Volver a la playa, sí. Porque a veces se vuelve.
Se llama Máximo. Acaba de cumplir los setenta y tres y aún conserva la planta de tenor. No es viudo, es soltero, aunque muchas de sus conocidas no acaben de creérselo. Se fue a vivir a la playa cuando se jubiló en el ministerio, y, hoy, son ya ocho los años que lleva allí, al cobijo de ese mar que le insufla majeza y le arrebata de la mente -con su movimiento constante, su azul añil profundo, sus verdes y turquesas opalinos, sus brillos y transparencias de cristal- las plumas negras de melancolía con las que los recuerdos tienden a aparearse cuando los hombres se desplazan a lo largo de los trechos finales del camino. Máximo, todos, todos, los días: así haga un frío del demonio o caigan chuzos de punta, acude hasta la playa, la recorre despacio, erguido, de punta a rabo, con su correspondiente retorno, y se pega un par de chapuzones, o tres, de no menos de un cuarto de hora cada uno, que le resultan memorables. El mar es ahora su amante, y, su orilla, su lecho. Bromea con otros -sobre todo, otras- de su quinta que secundan, ya evadidos del hormigón y el CO², sus hábitos de huelga y de bonanza. En verano y los fines de semana les mira el culo y los ojos a las muchachas bonitas que le entregan al sol sus besos más tibios. A los niños les acaricia el cabello cuando -cubo y pala en ristre- se entremezclan como pollitos con sus andares. Y de vez en cuando, si el color le parece vistoso y los bordes no están muy mellados, se agacha a recoger alguna concha. Hoy es año viejo y apenas hay nadie en la playa. El día no ha sido demasiado allá y al venal director de la orquesta marina le ha dado por tocar a rebato en su dueto con el astro rey. Pero él sí está. Claro. Por supuesto. Está... porque nunca se ha ido.
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PARA LEER: La Playa (CESARE PAVESE)
PARA ESCUCHAR: The Spirit of Eden (TALK TALK)
21 comentarios
Sabes de mi devoción por el mar, y por los lugares donde se encuentra este con la tierra firme. Un día nos hablaste de acantilados (te deshacías de algo desde lo alto) y hoy de la playa. Son dos metáforas casi opuestas. La playa es una mujer ofreciéndose; el acantilado, otra deslumbradora pero inalcanzable. La playa es cosa de niños (y de adultos infantiles), el acantilado es asunto de mujeres y hombres de verdad. La playa es para las multitudes, el acantilado para los solitarios.
Buenos días
En la playa confluyen casi todos los atributos que las mujeres pretenden hallar en sus amantes: el calor del sol, la sensualidad de los cuerpos desnudos, la tibieza de la arena, la excitación de las olas (moderada), el aislamiento del mar, el regocijo del baño... para que seguir... la mujer -por lo general- adora la playa.
No me extraña. En el primer mundo: pocas cosas existen tan llenas de vida, tan esenciales (en el sentido de "primitivas") tan coloristas, como una playa.
A partir de lo dicho y para que la gente se anime a participar en el post: la pregunta que formulo es: ¿qué prefieres? ¿mar o montaña? ¿por qué?.
Un abrazo a todos.
Ya, y pechuga o muslo. Para mí no tiene sentido la dicotomía que propones. O si no, el mar junto a montañas, la montaña próxima al mar, etc.
bueno!!!
a tu pregunta (prefiero la pechuga al muslo), prefiero la playa porque la montaña no la entiendo, no sé qué hacer allí. la playa, tres cosas: el tacto de la arena, el calor del sol, el ruido y olor del mar. eso me basta para ser feliz... no la voy a preferir!
beso
Las playas, en especial las del Mediterráneo en verano (las cantábricas son otra cosa más placentera) son para mí horrendas, precisamente por las mismas razones que da d.m. para gustar de ellas: la puñetera y pegajosa arena, las masas de gentuza a la brasa, el puto calor, el ruido de la música de los chiringuitos y el olor a mala fritanga. Sí, decididamente, playas del norte, playas en invierno o montaña.
yo he dicho el ruido y olor del mar, no el ruido de domingueros y el olor a fritanga. hay que tener ganas de no escuchar para no ver la diferencia
Pues ya me dirás donde anda tu playa solitaria ¿En Almería? por poco tiempo; y bien que lo siento.
(Y no me hables en ese tono cuando estoy afilando mi bastón-estoque)
Y sigue en pie la puta arena y el puto sol, bonita, que tanto te place a tí y a los lagartos
mira cómo tiemblo con tu bastón-estoque de los cojones
d.m., bonita, la cuestión es que yo sólo en algunas remotas calas baleares he conseguido escuchar y oler el Mediterráneo. En el resto de la costa mediterránea que conozco, incluidas la Riviera francesa y la Liguria italiana, su olor y su sonido están, al menos cuando yo he estado, irremediablemente sepultados por los fritos, los bronceadores, la mierdimusiquilla y las voces de los enjambres de usuarios. Y el paisaje, donde no es desértico lunar, es una sucesión de rascacielos para clase media o, casi peor, de fantasías hollywoodienses- de un Hollywood que quisiera imitar una Europa mentirosa de película americana - para ricos. Y todo está lleno de gente, nórdicos borrachos, obesos y al borde de la combustión solar, manchegos - o romañolos, o auvernios - en camiseta, bermudas y chanclas, familias gritonas, niños asilvestrados, ancianos que han escapado a la eutanasia por algún error administrativo. Y hace un calor espantoso y agobiante, el sol es una pesadilla omnipresente, la arena, efectivamente, lo vuelve todo áspero e insoportable. El agua está quieta, caliente, sucia y llena de gente y hay que hacer cola para comer porquerías caras en sitios donde, en un estado de conciencia normal, cobrarías por permanecer más de cinco minutos. No puedo, sinceramente. No se me ocurre ningún motivo para soportar todo eso.
Playa, sí. Pero de vez en cuando, de diez a doce, en el Cantábrico, en alguna playa enorme, de arena fina, por donde paseen, perdidos en la inmensidad, cuarenta o cincuenta ciudadanos sensatos más, a lo sumo. Con un mar de verdad, respetable, convenientemente frío y con olas a las que hay que enfrentarse para que no te revuelquen. . Con un solecito tibio que asoma entre las nubes de vez en cuando, con una brisa fresquita que te hace agradecer el sol, y con un paisaje de acantilados herbosos, helechos, robledales y montañas no muy lejanas. Con algún pueblo de verdad, vasco o asturiano - Cantabria, siento decirlo, hace tiempo que inició el camino de Levante -en el que vive todo el año gente para la que el mar no es un parque temático estival. Tres, cuatro, cinco días de playa a lo sumo en dos o tres semanas de vida plácida y rural. Así, sí, playa. En su justa proporción y medida.
pero, vamos a ver (hostias!), ¿cuándo he hablado yo del puto mediterráneo? que a mi me gusta el mediterráneo, nos han jodido, pues claro, es mi casa.
pero ¿cuándo he dicho yo que me gusta tal o cuál puta playa del mediterráneo? he dicho: me gusta la playa, en general, por unas cuantas razones. punto. no he dicho dónde está playa, ni cuál el mar que la baña, ni si estoy en ella con 2 millones de sudorosos paletos, sola o con johnny fucking deep. no he dicho nada de eso. si me apuras, cuando pienso en playas acojonantes me acuerdo mucho de algunas atlánticas de la zona de royan, sin chiringuitos, sin gente, y con un calor que no abrasaba.
pero eso da igual porque vosotros ya habéis hecho vuestra particular lectura de mi pronunciamiento a favor de la playa.
anda y meteos el cantánbrico por donde os quepa, joder.
Caramba, d.m., qué bien te sienta el cabreo.
Tienes toda la razón, reina. Mis excusas, por la parte que me toca.
si me haces sonreír no puedo mantener la pose de cabreo, van. aceptadas, sol
Las opiniones pre menstruales es lo que tienen: que son así de "ecuánimes", como las de d.m. Cuidadito en los pasos cebra, peatón, si te cruzas con su coche.
Y me adhiero a la playa tal como la concibe Vanbrugh, pero añadiré algo más (que será objeto de ensayo en mi blog y en el futuro):
uno de los males de este mundo -el diablo habita en los detalles como nos enseña el Sr Kluge- es el puto turismo de masas. Siempre ha habido algunos raros que viajabaan por necesidad o placer, pero, cuando había vacaciones, en lugar de turismo, la pregunta playa o montaña ni se planteaba, cada uno se iba a su pueblo y punto, o de excursión a los pueblos de otros, pero el turismo masivo todo lo jode, empezando por el lugar y el paisaje que pretende apreciar, siguiendo por las costumbres, la comida y la vida de los lugareños. Ni siquiera vale para eso que decía Baroja: que los nacionalismos se curan viajando,porque, para empezar, eso no es viajar. El turista trnasporta su mundo mediocre allí donde va, lo turistiza estrictamente, lo llena de chiringuitos o pizzerias, lo vuelve banal y lo deja asquerosamente irrecuperable. Ya sé, quizá mejor que muchas, que el Mediterráneo no es sólo Benidorm, que también es, por ahora, la Caleta del Sebo, por ejemplo precario y hermoso, pero yo odio ese tipo de playas asesinadas, y odio a los turistas, por ser tópico: obesos, abrasados en pantalón corto que, como advirtió un dean de la catedral de Ruan, "Esta catedral no cuenta con piscina, así que se ruega a los señores turistas que no ingresen aquí en bañador". Ah, ¡cómo odio a la gente, aunque me gusten algunas personas! Y por eso detesto ese Sol, esa arena y esa concepción de "estar" en una playa, porque es la que la destruye junto a los promotores que se apresuran a servirsela con rascacielos y crema solar (de la que también detesto su olor)
d.m.- cuando recuperes el sentido (del humor) hablamos; mientras abstente de dirigirte a mí
Otro asunto para mí relacionado: el penoso nivel de comprensión en lectura de nuestros quinceañeros, asociado al bajo nivel sociocultural de sus familias, esas mismas que tanto disfrutan en la playa, esas mismas que ven normal como se destroza nuestro litoral, antaño tan hermoso y que sueñan con contribuir aún más al tema comprándose un apartamento costero.
(d.m.- Se me olvidó: te echaré de menos hasta que te recuperes)
Hola!
Recomendar aquí los últimos artículos de "Lansky al Habla" y decirle a su mentor que BLOGGER de nuevo no te permite hacer comentarios salvo que estés dado de alta en BLOGGER, lo cual dificulta de manera notoria las intervenciones de los visitantes.
Mírenme a mi:
Yo mi di de alta en BLOGGER no se cuando, olvidé mi contraseña y mi alias, y no podía comentar.
Cuando Lansky abrió el blog, me volvi a dar de alta con otro e-mail, otra contraseña y otro alias. Y como BLOGGER no te registra de inmediato, volví a darme de alta otras 2 veces más hasta agotar mis direcciones de correo electrónico. Me creía que el asunto no iba y, a lo mejor, no iba. Un lío, vamos.
Y hoy no sé ya cuales son mi: e-mail, alias y contraseña vigentes en BLOGGER y continuo sin poder comentar.
POR FAVOR, POR FAVOR, LANSKY, PERMITE HACER COMENTARIOS EN TU BLOG A GENTES QUE NO POSEAMOS UN PERFIL ABIERTO EN BLOGGER, TAL Y COMO HA VENIDO SUCEDIENDO UNA BUENA TEMPORADA. ¡¡¡GRACIAS!!!
Me pondréa ello, querido Bluff, pero estoy más inerme frente a los, para mí, caprichos de los servidores que ante los malhumores de algunas queridas contertulias.
Bluff, creo que ya lo he solucionado. Persiste el problema en los penúltimos blogs, el cuento de El Heredero y el ensayo sobre La muerte de la novela, por eso habilité un nuevo sitio (post) a continuación con mis disculpas. Los siguientes, Como hacer odiar la lectura y Aviso para navegantes 5, creo que ya no tienen ese problema.
Así que anda: déjame un comentario tuyo, sirmpre tan reconfortante, para probarme que lo he solucionado
eso va a ser, qué boba, que estoy premenstrual y no que tú saltases por dónde te dio la gana. di que sí, con tus santos cojones de científico.
no tenía sentido del humor ayer; eso sí que es cierto. hoy tampoco, mejor me voy.
hola bluffito!
Tienes razón, d.m., mi comentario fisiológico está fuera de lugar.
Además las hay -sé por fortuna que no es tu caso- que siempre permanecen en tal estado.
En cuanto a "saltar con lo que me da la gana", es lo que hacemos todos, dentro de unas reglas, claro está, que no sé quien habrá infringido más, si tú con tu tono o yo con mi marco de referencia
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